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Una noche especial

4 septiembre, 2014
Una noche especial

Nunca creí en los milagros, ni en la magia, ni el amor. Nunca besé a una chica con la toda intensidad. Jamás estuve realmente feliz, hasta esa noche. Esta es mi historia.


Mi vida se reducía a trabajar durante toda la semana y llegado el sábado, descansar y escuchar el fútbol por la radio. Hasta que llegado uno de estos monótonos días, uno de mis amigos se le ocurrió la idea de salir de discotecas. Su nombre es Jaime, un verdadero amigo. Me convenció para salir ese sábado. Era una situación nueva para mí. Nos encontramos a las doce de la noche en el aparcamiento de una discoteca. Había música que flotaba en el aire, cosa que me gustó mucho. Dimos la vuelta para llegar a la entrada. Una vez ahí pude ver la gente hacer cola para entrar. Nos colocamos en la fila sin pronunciar palabra. La noche se presentaba fresca, en una primavera poco lluviosa. Pronto la vería de una nueva forma.

Delante podía ver grupos de chicos y chicas entrar por la puerta. Había un portero bastante grueso, pidiendo el carné a cada uno y 15 euros, donde entraban dos consumiciones.

-Esta noche quedas invitado, pero no te acostumbres. -me dijo Jaime.

Al entrar la discoteca se mostró ante mí como el paraíso del deseo. Había una sala inmensa con pantallas de cámaras en todos los rincones, chicas bailando subidas en altares como grandes diosas del placer y más de un centenar de personas moviendo sus caderas, al ritmo de una música que resonaba a un volumen increíble. Era fantástico.

-Interesante. -le confesé.

-Y aún no has visto lo mejor. ¡Ven!

Subimos por unas escaleras a una terraza donde se podía ver el cielo. Habría sobre una docena de mesas redondas. Nos sentamos en una de ellas y esperamos a que pasara el camarero. Se trataba de un bar dentro de la misma discoteca.

Al cabo de un rato el camarero nos atendió:

-¿Qué queréis?

-Un Güisqui con coca cola y…

-Una tónica.

-Prestadme las entradas.

Así lo hizo mi amigo, que tenía la mía y la suya. El camarero se marchó y no volvió hasta dentro de un rato con las entradas y las bebidas. Mientras tanto teníamos una agradable conversación de fútbol, que era el tema principal que nos unía en aquellos tiempos.

Tomó un trago de su vaso mientras no apartaba la mirada de mí.

-Sabes Juan, vengo aquí cada fin de semana. Conozco a varias personas que podría presentarte para que conocieras y disfrutarás más de este mundo.

-No suena mal. Me gusta este sitio.

-Eso esperaba, ciertamente no es mal lugar para pasar la noche.

Continuamos así hasta que subieron por la escalera un grupo de cinco muchachitas de nuestra edad. Jaime se volvió sonriente mientras aguardaba para saludar.

-Hola…

Las chicas se aproximaron a nuestra mesa.

Se levantó y comenzó a besarlas una a una. Con cada beso, una sonrisa, una mirada y un comentario. Entonces obligándome a levantar, me abrazó por el hombro. Se lo pasaba muy bien haciendo chistes con ellas. Finalmente comenzó a hablar de mí.

-Este es mi hermano. Se llama Juan. -cosa que no era cierta, no era su hermano, aunque sí mi nombre era Juan.

Me presentó a una chica rubia, un poco rellenita, llamada Marta. Era muy guapa a pesar de sus kilos de más. Sonreía dulcemente. Cuando nos besamos me dijo que estaba encantada de conocerme.

-Esta es Soraya.

Esta chica era muy delgada, con el pelo castaño, largo y liso, y un poco más alta que la anterior. Hizo algunos chistes feministas para presentarse. Su voz me sonó descarada. Ciertamente me desagradó su forma de actuar. Aun así le respondí con una sonrisa y le reí algunos de sus chistes malos.

-Este bombón que ves aquí, se llama Bicky.

Cuando puse mi vista en ella, me estalló en los ojos. Era morena, delgada, divertida, guapísima… Tenía un escote pronunciado que mostraba parte de sus encantos. Era un verdadero bombón. Vestía con un pantalón vaquero blanco y una blusa desabrochada por dos botones. La chaqueta la llevaba en la mano.

-¿Quieres conocer a un bombón de verdad? -me dijo, sin darme la oportunidad de darle dos besos.

Me cogió llevándome donde habían dos chicas. Eran las más tímidas. Una tenía la cara redondita, con el pelo ovalado y corto. Seguramente era ésta a quién se refería Bicky.

-Vanesa, éste es el hermano de Jaime.

Me miró con unos ojitos que creí que me atravesarían la mente. Eran lo más bonito de la sala. Grandes como farolas y preciosos como estrellas. Nuestros besos fueron largos y profundos. Se rieron entre ellas al separarnos. Cuando me aparté del grupo, Bicky me volvió a agarrar, como si me conociera de toda la vida.

-Todavía no conoces a Joana.

Se encontraba hablando con Vanesa. Era un poco más alta. El pelo también lo tenía moreno y liso, aunque bastante más largo que su amiga. Me miró dulcemente. Era una hermosa niña de 17 años, como la mayoría del grupo. Jaime y yo teníamos 19 y 18, respectivamente.

Cuando me giré para ver que hacía mi amigo, estaba hablando con Marta y Soraya. Aunque no parecía intimar demasiado, por lo que me decidí a acercarme, viendo que Bicky había acabado con las presentaciones.

Al verme estar atento, Jaime propuso que se sentaran en la misma mesa que nosotros para tomarnos algo juntos. Soraya le explicó que habían quedado con unas amigas abajo. Que tal vez subirían más tarde cuando pudieran.

-¿Por qué no bajáis vosotras? -propuso Bicky, que parecía la más simpática de las cinco.

Soraya le miró con cara de pocos amigos. No le parecía buena idea separarse. Pero no les hizo falta discutir para acordar que Soraya y Joana bajaran al encuentro con las otras chicas. Así pues, Marta, Bicky y Vanesa se sentaron con nosotros. Estaban las tres muy alegres. Parecía que les parecía muy bien sentarse con nosotros.

-Así que éste es tu hermano. ¡Que bien escondido lo tenías!

No lograba entender cómo era posible que Bicky creyera de verdad que éramos hermanos. ¡No nos parecíamos en nada!

-La familia hay que tenerla escondida hasta que llegue el momento.

-¿El momento para qué?

Vanesa también mostraba destellos de curiosidad.

-Para actuar cómo un Martínez. -Martínez era el apellido suyo, no así el mío.

-¿Y cómo actúan los Martínez? -Vanesa lo preguntó mirándolo a los ojos. Era un gozo contemplar aquella imagen de ella, demostrando sus encantos (que eran sus ojos).

-No puedo revelar ciertas cosas delante de niñas pequeñas. -dijo Jaime refiriéndose a Marta.

Esta chica, debido a su aspecto, quedaba siempre en evidencia de alguna manera. Miró hacia abajo y tristemente dijo:

-Si tengo la misma edad que ellas.

-Pero ciertas cosas, ellas ya las han descubierto…

Marta estaba siendo ridiculizada por Jaime. Incluso sus amigas estaban riendo sus burlas. No podía entender como podían disfrutar de aquella situación.

Ellos lo hacían, descaradamente.

-Creo que deberíamos pedir unas copas para nuestras amigas. -comenté para apartar las burlas de Marta, que me estaba dando pena.

Después de pedirlas, continuamos intercambiando suposiciones de lo que estarían haciendo las otras allá abajo. No era normal que tardaran tanto, cuando sólo habían quedado con otras chicas.

-Tal vez se hayan quedado en la pista de baile.

Decidimos bajar, pero antes tenían que ir al aseo.

-Nosotros vamos bajando. Os esperamos con ellas. -Vanesa y Jaime se alejaban hacia las escaleras. Soraya y Joana los siguieron al instante. Marta y Bicky me acompañaron al aseo. Era mi primera visita a la disco, por lo que no conocía las instalaciones. Además, los aseos de ambos sexos se encontraban uno enfrente del otro.

No tardé ni dos minutos. Cuando salí, al no verlas fuera, supuse que habían entrado ellas al suyo y volví a entrar para enjuagarme la cara. Hacía calor, y la terraza quedaba fuera del alcance del aire acondicionado.

Una vez acabado, volví a salir sin encontrarlas esperando. Pensé por unos segundos que podrían haber bajado, pero aparecieron abriendo la puerta delante de mí. Sin embargo, Bicky se encontraba mucho más contenta. Reía con más facilidad.

-Vamos, Juan. -me dijo.

En cambio, Marta estaba mucho más tímida. La miré con curiosidad, pero volví la vista al frente y continué con la compañía de Bicky más cercana. Ella, abrazándome por la cintura, empezó a hablarme del tiempo que conocía a mi hermano, que era un ídolo para ella.

Cuanto supe lo que le ocurría me alejé. Vi a Marta y me acerqué a ella para confirmarme de que estaba en lo cierto.

-¿Qué se ha tomado?

No me respondió, pero su mirada confusa, me demostró que no me equivocaba.

Traté de seguir al lado de Marta y de esquivar a Bicky. Podría confundirse con mi estado de ánimo eufórico. A mí no me atraían esas risas y opté por mantenerme al margen.

Bajamos por las escaleras. Ellas sabían cual era el sitio habitual donde sus amigas se colocaban, y fuimos directamente. Allí estaban, con las chicas que habían quedado y algunos chicos que bailaban con ellas. Jaime permanecía muy cerca de Joana. Con unos movimientos muy sensuales, se aproximaba descaradamente a partes íntimas de Joana. Ésta parecía poseída por el ritmo, que la hacía disfrutar al lado de su buen amigo. Soraya se encontraba en medio de tres chicos. Agarraba a uno de espaldas por la nuca, mientras miraba de reojo a otro. El tercero se movía muy cerca de ella. Joana estaba con la vista fija en ellos, tomando una copa.

-Fantástico. -dijo Marta no muy contenta.

-¿De qué te quejas? Han buscado a uno para ti.

-Eso si Soraya no se lleva dos…

Estaba claro que estaba desilusionada. Esa carita de pena me causó una gran desilusión. Pues era muy guapa y no merecía ser despreciada por sus amigas.

Desde ese momento decidí que no la iba a dejar en toda la noche, que iba a conseguir que esta noche fuera especial para ella.

Bicky continuó caminando hacia el grupo. Incluso el tiempo que se acercaba, lo hacía meneando el culo de una forma muy sensual. Se coloco al lado de Joana que estaba sola. Le pidió un trago de su copa. Poco después bailaban entre ellas con la mirada sacada de la órbita de los ojos.

-¿Quieres bailar? -le propuse a Marta.

Entonces le ocurrió algo que me agradó enormemente. Abrió los ojos, como si por primera vez pudiera ver luz al fondo del camino. La tristeza desapareció al ver que yo estaba interesado en ella. Fue una oleada de bienestar que me invadió con el hecho de verla feliz.

-Por supuesto.

Comenzamos a menearnos al ritmo de la música, sin dejar de mirarnos y con algunos toquecitos de vez en cuando. Hasta que el grupo se dio cuenta.

Bicky fue la primera en actuar. Intentó situarse entre Marta y yo, con su baile característico. Yo, como un caballero, le seguí el juego bailando con ella, pero en cuanto tuve la oportunidad de dejarla atrás y proseguir con Marta, no lo dudé.

Bicky quedó ridiculizada delante de sus amigas. Se reían divertidamente de su intento fallido de bailar conmigo. Otra cosa que me agradó enormemente.

Jaime, atento en todo momento, dejó a Joana y vino donde yo me encontraba. Me pidió que fuéramos al aseo, que me tenía que comentar algo. Esta vez no tuve más remedio que abandonar a Marta y encontrarme con mi supuesto hermano en el aseo, que no estaba muy lejos de allí.

-¿Qué tal todo? -me preguntó mientras entrábamos.

-Bien, parece que estoy conectando con Marta.

Jaime se rió.

-¡Que malo eres! Me parece muy bien que quieras ridiculizar a Bicky, se lo tiene merecido por creérselo tantísimo. Pero debes saber que como creen que eres mi hermano, podrás ligarte a la chica que quieras.

Esta confesión me extraño de sobremanera. No esperaba, para nada, que me dijera esto, pensé que simplemente me comentaría si pensaba ligarme a alguna y mostraría curiosidad por mí.

-Me debes una -me dijo-. Yo te he introducido en la honda. Gracias a mí ahora puedes bailar con estas preciosidades sin que te esquiven como lo harían con un extraño.

-Claro.

-Y al creer que eres mi hermano, digamos que piensan que te conocen más. Es una cuestión de confianza.

-Comprendo.

-Ahora salte ahí fuera y baila con la chica que más te guste sin miedo. Yo debo de seguir mostrándome duro. Tal vez deje que alguna me acompañe más de la cuenta…

Salimos del aseo y volvimos a la pista. Yo volví a situarme al lado de Marta, que parecía extrañada por el simple hecho de que regresara con ella. Jaime me miró también extrañado, aunque no le di la satisfacción de verme la mirada. Bicky estaba más bien indignada con mi actitud. El resto reía alegremente con la situación.

-¿Te lo estás pasando bien?

Marta dejó escapar una sonrisa. Me miró a los ojos con un destello de luz. Estaba radiante, gracias a mí.

-Me lo estoy pasando genial.

Esta vez la abracé rodeándole el cuello y comenzamos un baile mucho más íntimo. Pegamos nuestras frentes. Nuestras miradas radiaron en los ojos de enfrente, mutuamente.

Todo parecía fantástico. Bicky celosa, Jaime confundido, Marta radiante… Era la situación ideal. Era un sueño ideal. Estaba haciendo feliz a una chica especial, a contracorriente de todos. Nunca me sentí tan bien.

-Todos nos miran. -me dijo Marta.

Le sonreí.

-¿Sabes por qué? Es porque están celosos.

Marta me devolvió la sonrisa.

-¿Celosos?

-¿Sabes lo que me ha dicho Jaime cuando hemos entrado al aseo?

-¿Qué?

-Que fuera con la chica que quiera, que al ser su hermano, no me iban a decir que no.

Su mirada se ausentó. Pero nuestras frentes no dejaron de apretarse.

-¿Y por qué no vas con la que más te gusta?

-Eso es lo que hago.

Su mirada volvió a mis ojos. Su sonrisa fue más intensa.

-Pero tengo que decirte un secreto. -le comenté.

-Dime.

-En realidad no soy hermano de Jaime.

Ella río un poco.

-¿Y eso qué importa?

-Por lo visto a tus amigas mucho.

-Entonces por qué no se lo dices. Si no te gusta ninguna… -propuso Marta.

-Déjalas que se retuerzan de envidia.

Reímos los dos largamente. Felizmente, pegados el uno contra el otro.

-¿Podemos ir a algún lugar donde estemos solos?

-¿No quieres que nos vean?

-Cuando nos vean irnos, ya se tirarán de los pelos.

-¡Que malo eres! -murmuró entre risas.

-¿No te apetece una pequeña venganza?

-¿Por qué? -me miró introducida en contradicciones.

-Por todas las veces que te han hecho sentir mal.

Su alegría se borró en unos segundos. ¿Qué había dicho mal? Tal vez esta última frase no debió salir de mis labios.

-Juan… ¿Yo te gusto?

Su mirada había entristecido. No pude soportar tanta tristeza.

-Claro. Tienes la cara más bonita de la disco.

-Eres tan dulce. ¡Ojalá no creyera que lo haces por pena!

Entonces se despegó de mí y corrió hacia la entrada. Miré alrededor y nadie parecía disgustado con mi actitud. Es más, me miraban como si fuera un héroe.

-Así que Marta te se ha puesto empalagosa.

Jaime parecía contento con la nueva situación.

Bicky comenzó a acariciarme por detrás.

-Déjala, es una estrecha.

Pero ante el asombro de todos, los miré con frialdad y les dije:

-Me parecéis patéticos. Tenéis a una amiga que se ha ido corriendo y no sois para ir detrás de ella haber que le pasa. Yo no soy como vosotros. Me voy con ella.

Me miraron de forma rara. Como si no compartieran mis ideas. Jaime se quedó parado. Al ver que salí corriendo detrás de Marta, él salió corriendo detrás de mí.

Al salir de la discoteca vi que Marta caminaba dos calles más abajo. La llamé, pero no me respondió. En ese momento Jaime me tomó del brazo.

-¿Pero qué te ocurre?

-¿Qué te pasa a ti? -le dije con una voz potente- No te has dado cuenta que las chicas se metían con ella, incluso tú lo hiciste en la terraza. ¿Acaso no es igual que las demás?

-¿No ves que no? ¡Está gorda!

-Así que es eso.

-¿Qué quieres que sea? No tengo nada contra ella.

-Lo siento si aún valoro los valores humanos. Esa chica no es… arrogante.

-¿Qué quieres decir?

-Bicky salió del aseo fumada de más.

-¿Y?

-Soraya bailaba ella solita con tres tíos.

-¿Y?

-Por Dios Jaime, ¿no lo ves? ¡Marta es la única decente del grupo! -mi voz sonó en toda la calle.

-¿Qué le pasa a Joana?

-Es igual que las demás.

-¿Y a Vanesa?

-Déjalo hermanito. Me quedo con ella.

-¿Cómo puedes ser tan cabezota?

-¿Y tú tan ciego?

Lo dejé atrás y corrí al encuentro con Marta. Me esperaba andando lentamente, una calle delante. Miraba al suelo.

-He oído parte de lo que has dicho. ¡Ha sido muy bonito!

-No es pena lo que siento. Me gustas de verdad.

-¿Te gusto más que ellas? -me preguntó refiriéndose a sus amigas.

-Sí. ¿No comprendes? Podría estar con ellas ahí dentro. Pero estoy aquí fuera contigo.

-Eres un cielo.

Fue el momento para abrazarla. De esta forma comprobaba que tenía otra vez su confianza.

-¿Qué puedo hacer para que entiendas que eres la chica más especial?

Le di un beso en la cara.

-No sé. ¿Nos sentamos ahí?

Había un parque con bancos. Ella se refería a uno que quedaba alejado del camino principal, donde la luz de las farolas no era muy intensa.

Nos sentamos los dos juntos, esperando un milagro que hiciera cambiar nuestras vidas. Y llegó. En el momento que nos sentamos, nuestras miradas se cruzaron y un brote de magia cruzo nuestros corazones. Era el amor, que después de haber estado escondido en mi corazón, hacía aumentar el ritmo de mis latidos.

-Aquí estamos, los dos solitos.

Su cabecita rozó mi nariz. Tenía el aroma fresco de la primavera.

-Sí. Somos dos faros que han chocado con sus luces.

-Que romántico eres. -me susurró.

Le bese una vez más en la mejilla. No me atrevía a pasar mis labios por los suyos. No quería que volviera a pensar que lo hacía por pena. Lo que sentía era lo más intenso que había sentido en mi vida.

-Que bonita eres.

Me sonrió. Era la chica más feliz de la noche.

-Esta noche es especial -le dije felizmente-, no porque haya salido por primera vez a bailar, sino porque te he encontrado a ti.

-No digas eso. Me pones colorada.

Le acaricié la cara con los dedos. Mi mirada le recorría del pelo a la barbilla y de una oreja a otra. No podía creer que tuviera esta preciosidad entre mis manos.

Me acerqué suavemente, retrasando un beso que significaría nuestra unión definitiva. Pegué nuestras frentes, rozamos nuestras narices, acariciamos nuestras caras. Era todo perfecto, nada podía hacer cambiar estos instantes.

Fue cuando los a penas dos centímetros que separaban nuestros labios, comenzaron a ceder. Un beso dulce, profundo, intenso… comenzó a producirse entre nosotros. La magia había estallado entre los dos. Porque amar es la magia que nos mantiene unidos a todos por parejas. El amor es el milagro que consigue que este mundo tenga sentido. Apasionados por alcanzar lo contenido en nuestros sentimientos, nuestros cuerpos se estorbaron. No había cabida para otra cosa que no fuera envolvernos el uno con el otro, y así comenzar un viaje por la vida, nuevo en todos los sentidos.

Así fue como Marta y yo comenzamos una relación que aún hoy continuamos. No importa lo que diga el resto del mundo, si nosotros dos nos queremos. Pero debo reconocer que debo darle las gracias a mi amigo Jaime. Sin él no habría conocido a Marta, y mis palabras fuera de la disco fueron un tanto exageradas.

No obstante, me gustaría acabar este relato, diciéndole a quien lo lea, que debe seguir su corazón más que su cabeza, sólo así se puede llegar a ser completamente feliz. Y creedme cuando digo que realmente yo lo soy.

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