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Silvana, Ángel y el ángel

23 julio, 2013

Crucero de sentimientos se aleja tras el cristal, con mar de asfalto y oleaje de coches. Abismo el que surgió entre dos miradas y un llanto con lágrimas de derrota. Tanta vida que crees haber bordado y fracaso suelta el diamante. Lucha de recuerdos, condena de errores…

Todo comenzó una calurosa tarde de verano, en plenas vacaciones. Se trataba de una excursión a ver un pueblo cercano, donde aprovecharían para salir de la ciudad. El autobús llegó y no tardaron ni medio minuto en montar. Por último lo hizo un chico al que su cabeza se contradecía con su corazón. En los primeros asientos estaban desconocidos, justo detrás se encontraban sus amigos, allí se sentó Ángel.

El autobús movió sus puertas y comenzó a temblar, el sonido del aire las cerró y las ruedas comenzaron a moverse. El autobús había iniciado su trayecto y el viaje del grupo.

Más tarde Ángel giraba sus ojos hacía atrás. Había una chica que le causaba atracción. Silvana se llamaba. Desde luego era una de las más presumidas. Llevaba una larga melena morena, lisa y bien arreglada. Con unos ojos oscuros, directos y conquistadores. Con una cara angelical provocando las delicias de todos los chicos. Por último vestía provocativamente. Ángel no podía apartar la mirada de ella, como una paz para sus tormentos interiores.

La conversación con sus amigos empezaba a ponerse comprometida. Se trataba de Silvana, de una manera mas crítica que alabadora, cuando para él era lo mejor de este mundo. Intentó defenderla de los insultos más radicales y forzó desviar la atención. No era posible. Hablaron de insinuaciones, provocaciones y todo lo que la barbarie puede dar de sí. Ángel ya sólo podía asentir, introduciéndose en un mundo que le parecía inexistente. No pudo aguantar más y se dirigió a los asientos del fondo. Caminó apoyándose en las barras, manteniendo el equilibrio y llegó al lugar deseado. Allí estaba su amada y amiga: Silvana. Se sentó a su lado. Estaba acompañada por dos amigas que se sentaron en los asientos que se encontraban delante.

Comenzó a hablarle la chica de tonterías que le parecieron hermosas. Mas que nada porque eran pronunciadas por esos labios y con esa voz maravillosa. Intentó dejar la mente en blanco, disfrutar de la magia que ella le ofrecía, pero no era posible, los comentarios continuaban en su cabeza. Y su mirada se estampó contra la cabecera del asiento de delante.

Al principio Silvana no se dio cuenta. Poco a poco notó la ausencia de su interlocutor e intentó animarle con toquecitos. Se fue preocupando. Finalmente le miró con una mirada que rayaba la curiosidad. “¿Qué te ocurre?” le preguntó.

Su voz en la cabeza de Ángel le pareció un martirio. No debía contárselo, sin embargo sería un acto humilde. No tenía porque preocuparla por frases dichas sin pensar, por personas insensibles. Mientras la voz de Silvana continuaba ahí, pidiéndole explicación: “¿Qué te pasa Ángel?”

Mil y una veces dijo que nada. Pero a la siguiente estalló el desastre. La inclusión de su presencia en la pregunta lo hizo temblar.

“Dicen que siempre les estás abrazando y…” Las palabras se cortaron en sus labios. Silvana asentía incrédula. Habiéndose esforzado por caer bien a sus nuevos amigos, ahora sentía la lejanía. “Y llevas ropas muy provocativas…”

Ángel sufría la tortura de ser él quien pronunciaba esas palabras. Sentía que hacía bien en contárselo, que de ninguna manera tenía porque salir perjudicado. Cuando la respuesta sonó, la expansión de la injusticia rozó su débil corazón: “¿Qué me estás llamando?”

Pero no, él no era. Sólo quiso comunicar lo que a él le parecía mal. Y el hecho de que toda la culpa radicara en él, fue un mazazo, pero nada comparable con lo que sintió después del silencio. Sí, eso sí, el silencio fue largo y prolongado.

Ángel la miró en el silencio y una duda razonable le paralizó. Miró al sol a través de la ventana, descubrió que había algo que quemaba más que su fuego encadenado al existir de una galaxia. Era la mirada de Silvana, quemando en sus pupilas como a las cenizas de su alma amada. Soñando en su dolor, ardiendo en sus dudas. Y es que no había nada que quemara más que amarla en silencio y esperar que intentara comprender algo que nunca nadie había entendido antes. Le quemó su mirada, la quiso entre sus ojos y le ardió en la mirada. Y es que no hay nada que queme más que amarla en silencio y ver su mirada humedecer. Sí, eso fue lo que ocurrió después del silencio. La niña amada con el silencio como secreto, comenzaba a gemir y las transparentes lágrimas del dolor aplastaron la moral del chico. Ángel sufría más por eso, que por haber encontrado la culpa. Y sus pensamientos pensaron con más turbulencias que nunca, la manera de trasmitir lo deseado. Mientras lágrimas de fracasos enturbiaban su conciencia.

“¡Vete!” El castigo fue exagerado, pues intentando ayudar mal empezamos.

Ángel ahogó unas palabras antes de levantarse. Ella no escuchaba, sólo cubría de amargos pensamientos la mente. Lágrimas que bañaron sus ojos e hicieron letal su mirada. Ángel ya no podría mirarla más. Aun no se levantó.

“¿Qué le has dicho?” Sus amigas se habían dado cuenta.

No podía haber peor mundo para ambos. Silvana se levantó antes que Ángel y salió por el pasillo a la puerta. El autobús había llegado a su destino.

Todos salieron a grandes zancadas mientras Ángel continuaba quieto, al fondo, paralizado y con él su mundo. Nadie se enteró de su posición y allí se quedó. El autobús siguió con su recorrido.

Crucero de sentimientos se alejaba tras el cristal, con mar de asfalto y oleaje de coches. Abismo el que surgió entre dos miradas y un llanto con lágrimas de derrota. Tanta vida que crees haber bordado y fracaso suelta el diamante. Lucha de recuerdos, condena de errores. Entre asientos de aislados, pasos de inciertos. El movimiento hace dudar al levantado. La crisis comienza en tus palabras. Mal orador el que mal transmite. Aun siendo testigo involuntario, la incomprendida no entiende. Tanto te importa que niegas sentidos: tú tampoco entiendes. El mundo se cierra para amante y amada.

Mal camino el que con baches afronta el autobús y con reproches aguarda el testimonio. Cielo y tierra separando la injusticia que incrustada en la felicidad querías haber apartado. No hay consuelo para un corazón envuelto en llamas de pasión. No hay amor que pueda olvidar el desbarajuste. Es incomodo ya, te pesa como losa a la que cargar. Sus comentarios enseñan el mal que ella desconocía. Tanto es así, que cierto es, que te mira con ojos aislados.

Bestia es la que con insultos despreció su cara de ángel. Pues mas bestia no hay, que tú eres la misma que sus ojos creen. Ojos que sin saber creen y sin entender juzgan. Mirada que con lágrimas duele y con inquietud aguarda. Cansadas tristezas que al fondo aparecen y al asiento transmiten.

Puedes expresar con palabras de dolor el significado y barrera de horrores no cambia. La intención era tan buena que cuando gotas cruzaron su piel, el crédito no era disponible. Injusticia que salvar, sueños que intentar. Milagros a los que aferrarse, destrozos a los que arreglar.

Herido de amor por una mirada. Soñando con volverla a ver a pesar del dolor. Suspirando por esos ojitos dominando tu mente. Quisiste cambiar las cosas, encontrar una grieta en la muralla por donde romperla, un rugido en el alma donde desahogar tu furia. Caminar por el mal abriendo una puerta hacía el bien, fue la idea. Acabar con una injusticia que en otros tiempos habría sido motivo de risa. El vacío y la incomprensión se estrellaron contra el cielo de tu eterna noche.

El autobús después de hacer sus paradas pertinentes, tomó el camino de regreso y se encaminó hacía donde el grupo lo esperaba. Ignorante la conductora que no sabía que en los últimos asientos, un muchacho continuaba ahí. Mar de inciertas dudas. Paró en frente de la parada donde ellos aguardaban dejando las puertas abiertas. Dos horas habían transcurrido y cien se habían sufrido. Sueños que de fantasías se agrietaban de oscuridad. Crisis en los albores. Manantial de horrores salpicado.

El grupo fue subiendo, intercambiando impresiones e inscribiendo sus risas con letras de fuego sobre la tristeza de Ángel. Llenaban los asientos y cubrían la intriga con impaciencia. Finalmente se sentaron a su lado dos de los cinco amigos que estamparon su rabia contra aquella falda cómplice del dolor. Silvana lo hizo unos asientos adelante, junto a los otros tres. El atutobús arrancó

Ángel no pudo entender nada, ni quiso. Ella estaba alegre, feliz con aquellos que ensuciaron su reputación. Reía y era como la crueldad más temida. Había perdonado a los acusadores. Mientras hablaba con sus amigos, se dio cuenta de que la culpabilidad había sido enfocada exclusivamente hacia él. Malos tiempos para malos augurios. “No tenías que habérselo dicho.” Esta era la acusación mas grave. “No tenías que haber dicho eso.”

Ángel se intentaba defender como podía ante la inevitable avalancha que se le venía encima. Trataron de avisarle, de prevenir el atentado. A pesar de ser los acusados por él, seguían siendo sus amigos. Pero Ángel no quería ese tipo de consuelo. Se levantó y se sentó detrás de Silvana. Estaba sentada con los otros tres amigos que arremetieron contra ella. Sin moverse del sitio, cambiaron de tema y entre ellos continuaron las conversaciones. Esto producía un aislamiento entre perjudicado e incomprendida. Ella miraba hacia delante con un síntoma claro de enfado mas que dolorida.

“¿Qué te han dicho?” Quería saber el chico. No había respuesta. Silvana había decidido no dirigirle la palabra. En su interior le carcomía la frustración. La decisión ya estaba tomada.

“Yo sólo he sido el mensajero. No puedes hacerme esto. Sólo el mensajero…” “Me perece muy bien. Pero yo no quiero saber nada.” Silvana se había dignado a contestarle. Barrera de infortunios cada vez más trágicos.

Ángel notó el peso del amor, que con forma de rechazo, hacía presa de su corazón. Aunque sintió que el amor no tenía nada que ver. El dolor era parecido, pero multiplicado.

A sus ojos no pudo mirar entonces. Los había contemplado humedecer y llorar. Eso era más de lo que estaba dispuesto a sufrir. Se levantó y se fue a otro asiento donde podría hacer de su debilidad un escudo. Agachó la cabeza y murió por dentro.

Pasaron unos minutos antes de que sus amigos se sentaran cerca de él. Sin llamarlo intentaron llamar su atención. Le pereció una falta de respeto y los ahuyentó: “Venís aquí sin hablarme. Os reís sin contarme el chiste. Decidme que queréis que no estoy de humor.” Tardaron un poco en contestar: “Nos hemos acercado porque creemos que así te será más fácil integrarte. Sólo queremos ayudarte.”

Pero Ángel tenía la cabeza en muchas otras partes que carecían de sentido. Las preguntas que cuyas respuestas lo incluían. Las cuestiones que lo habían involucrado a la total culpabilidad. Sus amigos se alejaron. Ángel creyó caer en un abismo que no tenía fondo. Esos ojos le habían producido mas dolor que el propio resultado. Y aunque todo siguiera igual, no lo sería para él.

Al cabo de un rato Silvana se sentó a su lado. Intentó hacer lo mismo que antes de haber escuchado esas palabras. Pero ya no sentía su magia, sino su fuego. Silvana quiso volver a lo que siempre habían sido, que su amistad no se resintiera.

“¿Por qué no me querías hablar?” Pero ésta pregunta de Ángel rompió el encanto. Sentía que debía saberlo todo para que el dolor perdiera intensidad. Pero la respuesta fue: “No quiero hablar de eso.”

Ángel aun aceptándolo no pudo menguar su horror. No pudo contemplar una vez más esos ojos que habían llorado por él. Aun queriéndola no deseó estar con ella. Desde entonces no fue el mismo. Se dejaba llevar, pero nunca más su corazón vibró con esa niña: estaba muerto y muerto continuaría. No habrían más sentimientos para él: la mirada los quemó. Lo que en ese día ocurrió, ahogó los sueños que en su horizonte se manifestaban sutilmente.

Y yo que desde mi posición lo contemplé incrédulo, sin poder sentir lastima, deseé ayudarle. Mis alas divinas creadas con plumas de amor se abrieron para transmitirle paz. Mis poderes gloriosos se manifestaron para que encontrase amor. Y mi bondad surgió en su entorno para que no sufriese más. Desde entonces su buen hacer le acompañó siempre, dándole amistades soñadas y confianzas sinceras.

Ángel había encontrado su felicidad y mi orgullo. Aun sin serlo, su nombre enseñaba el milagro que le había ayudado. Sin ser el pupilo derecho del cielo, había encontrado todo lo que los hombres buscan y fue como un rayo de bienestar sobre mí. Porque amor es felicidad, y mas felicidad no pudo encontrar.

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