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Un mundo de letras

11 septiembre, 2014
Un mundo de letras

A continuación os exponemos una bonita historia corta, donde el amor es el tema predominante. Los sueños sueños son y las relaciones en ocasiones parecen como el sueño más ansiado, pero sin embargo está tan hundido en el corazón, que los sentimientos sólo desbordarán dolor…


-Un día así nos conocimos. –decía mientras miraba por la ventana.

Al otro lado del frío cristal, la lluvia caía limpia, sólo con lágrimas de agua pura. Era un día alegre, no triste. Un recuerdo agradable, nuestro primer encuentro.

-Me gusta verte así, feliz a mi lado.

-¿Quién dice que estoy feliz?

-Tus ojos. –respondí mirándola a los ojos.

Ella simplemente dejó caer su cabeza sobre aquel hombro, que le parecía un escudo para sus pensamientos y problemas interiores. Deseaba no dejar aquella postura nunca, pero la realidad era que muy pronto lo tendría que hacer, como cada noche.

El amor es un enigma, pensé. Nunca sucede como uno quiere. Siempre hay conflictos, meteduras de pata, reproches… Justo lo que estaba a punto de suceder.

La miré a los ojos, anclado en aquella felicidad que me llenaba, que me mantenía aislado de los remordimientos que me azotaban. Pero aun así, estuve dispuesto a confesar la verdad que me hundía en el caos de la incomprensión. ¡Hay tanta diferencia entre hombres y mujeres!

-Sí, dime, cariño.

Era un lamento que sin haberse producido comenzaba a deteriorar la unión entre ambos. Ya lo sentía en mí, aunque era una rueda que, como en ocasiones anteriores, había comenzado a girar y no podía detenerla.

-Me gusta la lluvia. Me recuerda a nuestro encuentro.

Con este comentario retrasaba el desastre. No quería que se desencadenase, pero estaba condenado a sufrirlo para salvar mi alma.

-¡Claro! Es nuestro encuentro. Nosotros somos la tierra y el agua que se encontraron en aquel día. Faros.

-Faros solitarios… -dije recordando aquella poesía que le dediqué.

-…que encuentran su barco para iluminar. –prosiguió con aquel verso que bien se sabía.

La abracé fuertemente temiendo que fuera la última vez. El pensamiento recorría cada escalofrío de mi piel.

-No es eso. –pronuncié, hundiendo mi cuerpo en ella.

-¿Entonces?

-¿Recuerdas aquella historia que dediqué a… Luna?

-¡Claro! Es uno de tus cuentos más bonitos. Tiene un ritmo musical, una intensidad, un sentimiento… Realmente entra en lo más hondo de quién lo lee.

-Pues… verás. Lo que hay escrito no es porque sea un genio de las letras. Es porque realmente lo sentí. Y…

A penas se separó unos milímetros de mi cuerpo, pero fue lo suficiente para deslumbrar el próximo vacío en el que me iba a hundir.

-¿Y?

-Mireia existe. Es una chica de…

-¿Qué?

Hubo un silencio que me dolió como un puñal en el corazón. Me sentía entregado a ese abismo del que había sabido salir, aun con monumentales esfuerzos, de las decepciones de Silvana y Mireia. Aunque una tercera vez, no me lo quería ni imaginar.

-No te enfades conmigo –pronuncié en estado de amargura-. Además, ella es…

-¿Y eso a mí en que me consuela?

-¡Nunca podría estar con ella!

El breve espacio que separaba nuestros cuerpos, comenzó a aumentar, alejándome de la felicidad, de la nube de fantasía en la que me había sumergido.

-Pensaba que me tenías en el corazón. Que ella quiera corresponderte es lo de menos. Lo importante es que cuando me escribes no es a mí en quien piensas.

-¡Claro que eres tú! –mi voz sonó sincera, aunque impotente- Con ella, el día que estuvimos juntos, fue frío, pero no llovió.

Al decir esto, miré de rojo el cristal que transparentaba la lluvia. El recuerdo era presumiblemente alegre, pero el presente comenzaba a torcerse, tal y como sucedió en el pasado.

-¿Quién me dice ahora que no sean lágrimas de Silvana las que veas cuando describes las gotas de lluvia? Lo que acabas de confesar, cambia cualquier conjetura que me hubiera concebido de ti. ¡Ahora eres otro!

-¿No lo entiendes? Esta lluvia es real, igual que la que represento en la poesía que te dediqué. Lo que importa es que tú estás en mí, que he superado el rechazo contigo.

-Pero dime una cosa: la sensación que te produjeron esas chicas, seguro que fueron más intensas que la que te puedo producir yo. ¡Mírame a los ojos y niégamelo!

Agaché la cabeza, abatido. No podía hacerlo.

-Escúchame Ángel, no puedo competir con esas chicas porque la idea que tienes tú de ellas no es la que de verdad es, sino ampliada a lo que tu imaginación puede abarcar. Y yo no quiero estar con alguien que no me quiere. ¡Sólo estás conmigo para hacerme feliz! ¡Necesito algo más!

Me dejó atónito. Sabía claramente lo que pensaba. Era realmente por hacerla feliz, no por el amor en sí. Me sentía bien al hacerla sentir bien a ella.

En esos momentos, sin máscaras para protegerme, la chica que me había entregado en los últimos meses para superar la herida provocada por Silvana, y una vez cicatrizada, abierta por Mireia, me entregaba de nuevo al abismo del dolor.

-No es sólo eso. Eres tú a quien esperaba…

Mi voz fue un intento nulo de convencer de mi entrega. Pero las frases procedían de un argumento del que había perdido fe.

-¡No me vengas con esa poesía ahora! ¿A caso has escrito mi nombre? Puede estar escrita para cualquiera.

-Pero es a ti, y eso demuestra que estás en mi corazón.

Esta vez se levantó y abandonado mi compañía se alejó hacia su habitación. Antes de perderse por el pasillo, se volvió para decirme unas últimas palabras:

-¿Quieres saber como puedes conseguir que te crea en lo que dices?

-¿Cómo?

-Escribe una historia sobre mí, como hiciste con Mireia y Silvana. Entonces entenderé que realmente me quieres.

-¿Qué tiene que ver eso?

-Sé que tu vida son las letras. Si me incluyes de forma clara, y vea la magia, entenderé que estoy grabada y volveremos a estar juntos.

-¿Lo dices enserio?

Pero no aguardó a responder a esta última pregunta mía y corrió hacia ahogar su llanto en su almohada de noche.

Entrecortadas oí las sentenciadoras palabras de “vete”, y entre suspiros, su voz gimotear a punto de encerrarse a llorar.

Esto me derrumbó. Tenía que demostrarle que la quería. Debía conservarla como fuera. Así que cuando llegué a mi casa, lo primero que hice fue conceder el deseo a mi amada, con el propósito de que lo ocurrido fuera una tregua y no una separación definitiva.

Para ella va esta historia. La chica da la lluvia, a la que he querido siempre, la que se ha escondido en la mirada de Silvana y en el cuerpo de Mireia. Para ella va esta historia. Espero que esté a la altura y que en un futuro nuestra unión se establezca para siempre.

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