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No voy a llorar

28 agosto, 2014
No voy a llorar

“No voy a llorar” es una historia corta donde la protagonista pasó por un fuerte trauma en su vida. Cada frase, cada palabra, cada sentimiento fue escrito desde la más profunda sinceridad, desde el rincón más oscuro del alma, para brillar con un luz propia en este triste relato.

Suena la campana cuyo sonido encogió el estómago de Andrea y soltó el estruendo de sillas arrastradas mientras el profesor recoge sus cosas aguantando las burlas de alumnos que recibieron muchas amonestaciones por lo mismo.

Andrea cogió su almuerzo y salió al patio. Siempre se pone en el mismo sitio, al lado de la valla que le separa de su mundo, su libertad, se siente prisionera de abusos que no la dejan vivir en paz.

Miraba el exterior, cinco centímetros separaban la reja de su nariz. Deseaba estar con su familia o hacer amigos, todo fuera de aquel sitio. “No voy a llorar”.

Consiguió contener las lágrimas. Procura no llorar para no mostrar nunca momentos de debilidad ni darle el gusto a los demás de verla llorar.

Despertándola de su ensueño, una mano empujó su cabeza hacia delante desapareciendo los cinco centímetros de separación que tenía con la valla. Le dolía la nariz y parte de la frente. “No voy a llorar”.

Se dio la vuelta y se encontró cara a cara con un grupo de cuatro adolescentes: dos chicas y dos chicos. No los aguantaba. En ese momento, sonó la campana, pero ninguno se movió. Andrea intentó escabullirse como pudo, pero la cogieron del brazo y la devolvieron a su sitio inicial.

-¿Por qué tanta prisa? –preguntó burlonamente Dago-. El profesor tarda un poco en llegar.

-Acaba de sonar –dijo Andrea con la cabeza agachada.

-Acaba de sonar –imitó Nacho-. Chica, no te preocupes. Preséntanos a tu amiga.

Eso, preséntanosla –Elena se dirige a una persona invisible-. Hola, soy Elena. ¿Cómo te llamas tú? Ah, Soledad. Encantada –Dago, Nacho, y Elena rieron, pero Nayara no.

-Venga, vamos a clase, dejadla ya.

-Hasta luego, Andrea. Ahí te dejo con tu amiga “Soledad” –se burló Dago dándole un empujón, y se largó con los demás.

Esto ocurría cada día. Andrea ya no aguantaba más burlas, y eso que ese día había sido flojo, pero ya estaba harta.

Pensó en ir a dirección para contarlo, pero no servía de nada, les ha contado muchas veces lo que le ocurría y no hacen caso. Se encontraba sola. “No voy a llorar”.

Volvió a clase, el profesor se enfadó con ella por entrar tarde, no quiso escuchar su excusa y no le quiso quitar la falta. Para colmo le dijo que había suspendido el examen. Fue a su sitio, pasaba por entre las mesas y oía el murmullo de sus compañeros de clase como sonidos de burlas. Se sentó en su pupitre y se encontró su mochila pataleada. “No voy a llorar”.

Por fin sonó la campana de nuevo, la campana de su libertad, la libertad que le permitía volver a casa, allí nadie la haría sufrir.

La puerta del instituto de par en par abierta. Deseaba cruzarla, salir al exterior. Pero pronto se arrepentiría de ello. Al doblar la esquina se volvió a encontrar al grupo de Dago. Intentó esquivarlos sin resultado por el impedimento de otro empujón.

De nuevo con su amiga Sole –burló Elena-. Me está empezando a caer bien.

-¿A dónde vas, Andrea? –preguntó Nacho.

-A mi casa –contestó Andrea sin mirarlo.

-Y, ¿no nos invitas? –cuestionó Dago.

Andrea quiso escapar, sin mirar, sin hablar, sin llorar…

-Eso quiere decir que no –afirmó Elena-. Tienes que ser más amable.

-Dejadla ya, joder. No mola –defendió Nayara.

-No nos cortes el rollo, Nayara –exigió Nacho-. Tú no eres nadie para decir lo que mola y lo que no.

-¿No nos invitarás a tu casa? – preguntó Dago de nuevo-. ¡Contesta!

Andrea tenía miedo, no quería levantar la vista, no quería abrir la boca, simplemente movió la cabeza negando. Hubo una pausa, nadie hacia nada, nadie decía nada. Inconscientemente, Andrea levantó la cabeza y recibió una bofetada impactante. La dejaron marchar después de ello mientras reían.

Andrea corrió, corrió todo lo que pudo hacia su casa. No estaba muy lejos por fortuna. Necesitaba estar sola. “No voy a llorar”.

Llegó sin aliento. Abrió las puertas, fue a su habitación, dejó la mochila en el suelo y llamó a su madre. Se lo cuenta todo, es su mejor amiga, no quiere ni imaginarse el día que ella faltase. Ya fue varias veces al instituto para hablar con los profesores y el director, pero éstos no hacen nada, su única respuesta es: “Cambie a su hija de centro”.

Andrea no tuvo respuesta de su madre, fue a la cocina y vio una nota sobre la mesa:

>>Andrea, he tenido que entrar antes a trabajar. Hazte la comida, tienes los filetes en la nevera. Recógelo todo al terminar. Te quiere mucho. Mamá.<<

Genial, ahora resulta que tenía que cocinar. Encendió el fuego, puso encima una sartén con aceite y se apoyó en la encimera mientras esperaba a que se le calentara.

Pensó en todo lo que le pasaba en el instituto, llevaba toda su vida recibiendo palizas de otros, desde el colegio. Los profesores insinuaban que era ella quien provocaba las peleas, pero la verdad es que, allá donde iba había alguien pegándole. A sí mismo, en voz alta, se dijo: “¿Qué más me puede pasar para seguir sufriendo?”. En ese momento, una gota de aceite caliente saltó a su cuello. Gritó, le quemaba la piel, iba de un sitio a otro sin saber qué hacer. Al rato se le pasó el dolor. “No voy a llorar”.

Tardó veinticinco minutos en comer y lavar los platos, volvió a coger la mochila y sacó la agenda para leer lo que tenía que hacer. Tenía siete ejercicios de sociales, una página entera de inglés, quince oraciones para analizar, leerse un texto de tres páginas y un trabajo de plástica. Las tres primeras asignaturas no son sus favoritas y estaba demasiado deprimida como para hacerlas. Se dedicaría más al dibujo así se animaría un poco, además las otras asignaturas ya las tenía suspendidas de todas maneras y plástica quería mantenerla. Descubrió que no tenía rotuladores, se le habían olvidado en la taquilla del instituto. No tuvo mas remedio que ir a comprarlos.

Fue a la papelería. Una persona mayor estaba en una silla sentada detrás del mostrador, mientras, escuchaba la radio.

-Buenas tardes, Lola –saludó Andrea.

-Hola, guapa. ¿Qué te pongo?

-Una caja de rotuladores.

Lola se levantó y fue a buscarlos. Una noticia de la radio llamó la atención de Andrea:

-Aquí tienes –llegó Lola con el paquete de rotuladores en la mano-. ¿Algo más, cielo?

-No, gracias. Tome, quédese el cambio.

Unas calles más abajo, Dago y sus amigos hablaban sobre los abusos que habían realizado juntos ese día. -¿…y viste cuando la cogí de los pelos y di la vuelta, Dago? Esa tía voló –presumió Elena. -Eres una máquina, tía –halagó Nacho. -A mí no me parece bien, os pasáis un montón –criticó Nayara. -Nadie te ha pedido que opines. Tú nunca haces nada. No parece que seas de este grupo –dijo Dago. -¿Estas loco? Claro que lo soy –se defendió Nayara. Por la calle de al lado, Andrea cruzaba la carretera. Dago y los demás la vieron. Éste tuvo una idea. -Si de verdad eres del grupo, ve y pega a esa tipa –mandó Dago. -No veo necesario… -Si no lo haces, lo haremos nosotros, y aún peor todavía –cortó a Nayara-. Después iremos a por ti.

Nayara se lo pensó largo rato. Después salió corriendo detrás de Andrea para alcanzarla. Los demás la siguieron.

No le hagas daño a su amiga Sole, que me cae muy bien –pidió Elena con una sonrisa burlona mientras corría. Se esperaba la risa de sus amigos, pero no obtuvo respuesta, por lo que quedó algo ridiculizada.

Vieron a Andrea, que seguía andando tranquilamente. Nayara saltó a su espalda haciendo que tambaleara y se le escaparan los rotuladores por el suelo. Andrea se incorporó y se puso frente a Nayara, intentó huir pero ésta, sin decir nada, le tiró de los pelos volviéndola a su sitio, le dio un bofetón en la cara, una patada en la espinilla, un codazo en la espalda y finalmente un empujón tirándola al suelo.

A Andrea le dolían todos esos lugares. No se atrevía a defenderse por miedo a que los demás la protegieran y se unieran a la pelea. Siempre ha sido así. “No voy a llorar”.

-¡Vete de aquí! ¡Corre! –gritó Nayara y Andrea huyó dejando los rotuladores esparcidos por el suelo.

-Muy bien, Nayara –Dago la cogió suavemente de los hombros-. Bienvenida a nuestro club.

Nayara apartó los brazos de Dago y empezó a andar. Nacho la agarró para detenerla.

-No, Nacho. Déjala –mandó Dago.

Nayara pudo irse. Elena, Dago y Nacho hablaron de lo ocurrido.

Andrea subió a su casa. Volvió a llamar a su madre y de nuevo no contestó nadie. Se fue a su habitación y se tumbó en la cama. Cogió una foto donde aparecía ella con sus padres y su hermana en un viaje. Deseaba que estuvieran junto a ella en ese momento tan difícil en lugar de que estuvieran cada uno con sus deberes. “No voy a llorar”.

Se levantó de la cama lentamente, besó la foto y la dejó sobre el escritorio, y caminó hacia la ventana. 28Subió los pies sin mirar abajo, no quería mirar. “No voy a llorar, no quiero llorar, no volveré a sufrir… no aguanto más”.

Con lágrimas en los ojos, los cerró lentamente, quedándose todo negro, pero sus otros sentidos seguían en alerta. Soltando el aluminio, aguardaba el momento para caer sobre el abismo y remontar el vuelo para ser libre. Sentía el aire revolicando su pelo, corriendo entre sus dedos, pasando por sus brazos, acariciando sus piernas, golpeando su pecho, azotando su rostro y después… paz.

No sentía dolor, no sentía ganas de llorar, no sentía el peso del cuerpo… pero sí podía moverse. No veía nada, caminaba en la oscuridad, buscando algo que pudiera encontrar. Se tropezó con un muro, siguió la pared hasta encontrarse con un rincón de 90º, siguió la otra pared, otro rincón describía el plano de una habitación grande. Continuó por la tercera pared y encontró una puerta. Pudo hallar también un pomo, lo giró y al abrirse, una luz blanca se clavó en la córnea de sus ojos, la misma luz que iluminó la oscura habitación vacía y las blancas ropas que no llevó nunca.

Andrea abrió más la puerta, pudo ver un pasillo largo, sin puertas, sin ventanas, desierto, sólo lo acompañaba la luz blanca venida de ningún sitio.

Caminó descalza por aquel corredor sin fin, la puerta se cerró a sus espaldas y desapareció. De vez en cuando miraba atrás mientras seguía andando. Cuando le pareció que llevaba mucho tiempo andando, volvió a mirar hacia atrás, nada, era como mirar para adelante, lo mismo había, el final interminable. En ese momento, sintió un tirón en la manga. Se giró rápidamente y se sobresaltó, retrocediendo unos pasos, al ver la figura de una niña que reía del susto que había recibido Andrea.

Su aspecto inocente atemorizaba a todo el que la veía en esa situación apareciendo de la nada. Por debajo de su vestidito se pudieron distinguir dos piernas delgaditas llenas de cardenales. Andrea se armó de valor y se fue acercando. Se agachó, cogió los brazos desnudos de la niña que, al igual que las piernas, estaban llenos de moratones. Luego se fijó en una pequeña cicatriz que tenía bajo la barbilla y se acordó de la noticia de la radio: <> Andrea miró a Miriam a los ojos, ésta le devolvía la mirada con sus ojitos dulces y tranquilos. Lo mismo ocurrió con una sonrisa. Sin que ninguna dijera nada, Andrea se levantó, cogió la mano de Miriam y, como compañeras de la eternidad, siguieron su camino aguardando el momento interminable y estar en paz para ser libres.

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